La primera vez que le dije a mi apa, "love you, pa" y lo abracé fue cuando tenía 20 años.
Me acuerdo que me sentí súper raro. Casi esforzado en vez de algo natural. Pero me acuerdo que era algo que planeé metodológicamente.
Cuando era niño, mi apa tomaba mucho. La mayoría de mi juventud fue observando que el alcohol era algo paralelo a lo que era él. Nunca me gustó porque cuando se perdía en la noche y no regresaba, siempre había peleas entre él y mi ama. Y cada vez me ponían en medio para solucionar sus cosas.
Me acuerdo que en esos años pensaba, "¿Por qué mi familia me estresa?". Llegaba a la primaria y me ponía a pensar, "¿Será que mis compañeros de clase pasan por lo mismo en sus casas?". Nunca pude concentrarme en la escuela sabiendo que la noche anterior había una pelea. En clases, en vez de escuchar a la maestra, le daba vueltas y vueltas a la pregunta, "¿Cómo estarán mis papás?"
Y como todo niño quieto y callado, me puse a observar y analizar las dinámicas de mi familia. Sentí que era mi responsabilidad averiguar cómo crear paz en mi casa.
Mi apa no era una mala persona. Nunca nos pegó, nunca nos gritó, nunca le hizo daño físico a nadie. Nomás que creó una distancia entre nosotros y él por años.
*I'm doing a breaking news interruption to note that a stranger just handed me some Japanese sesame rice crispy looking treat for watching her laptop. Hell yeah!
Sin haber leído ningún libro de psicología o escuchado nada sobre el alcoholismo, yo solito me hice una conclusión,
¿Será que mi papá está triste?
Miraba la forma en que sus ojos se ponían cuando llegaba tomado. El tono de su voz era diferente. Como que se aguantaba de decirnos algo pero no podía. Y las noches siguieron terminándose en peleas.
Como todo niño creyendo en magia, me dije, "¿Por qué el amor que tengo para él no es suficiente?"
Cuando mi cerebro se fue evolucionando hacia la adolescencia y empecé a sentir una tristeza que me tragaba igualmente. Mi corazón no quería guardar resentimiento hacia él, pero sentía que dependía de mí cambiar el rumbo de la dinámica de mi familia al prometerme que nunca iba a tomar. No podía aceptar que la vida de nuestra familia siguiera así. Tuve que sentarme conmigo mismo y entender todo lo que sentía en esa vida. Tuve que notar cómo mis emociones se correlacionaban con mis actos, cómo los procesaba, qué cosas aliviaban, todo por querer entenderme y ver los hechos de mí, para, en una forma, ver realmente y ayudar a mi papá.
No sé por qué mi intuición me dijo que ese era el camino, pero no me quedaba de otra.
No estoy ni cerca de lograr todo lo que me propuse en aquellos años, pero ahora sé que no era ni es solamente mi responsabilidad. Mi apa sigue siendo algo distante, pero ahora dice “te quiero” sin que se sienta incómodo. Me acuerdo lo difícil que fue para mí decirlo aquel fin de semana cualquiera cuando salí de la casa para regresarme a la universidad. Sentía que las palabras pesaban toneladas.
Y todavía hay muchas cosas que quisiera que mi papá pudiera decir con más vulnerabilidad, abrir más su corazón, nombrar lo que le duele. Pero espero que el tiempo haga su trabajo.
Al final, cuando tenía diez años, elegí el amor para hacer que las cosas crecieran. Y a los 32, sigo eligiendo lo mismo.
In the words of Chente,
Conocerás por su vivir
No hay por qué hablar, ni qué decir
Ni recordar, ni qué fingir
Puedo seguir hasta el final
A mi manera"
To feeling fully,
E. Tristan
Random goats at White Rock Monday night.

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